Crónica a mano alzada de mi muerte

Primer trazo:

El día de mi muerte.

Estoy muerto, mi cuerpo es ahora un cadáver frío encima de una caja del tanatorio del Paseo de las Acacias; aunque no lo creáis para mí hoy y por más que me resulte inexplicable lo que os cuento, esa es la incuestionable y pura realidad.

EL CRISOL DE LA CORDURA -16

Estoy algo confuso y mi intento de narraros estas líneas se ve perturbado por el hecho de ser capaz de estar en el presente y el pasado a la vez, os diré que la única manera de comunicarme con el mundo, es de forma virtual, puesto que en ese estado es en el que estoy ahora.

Perfilando la línea:

El mazazo

Para entenderlo todo hay que explicar que sucedió ese día y como llego hasta mí la parca.

En realidad fue un día corriente, de esos que no tienen nada que destacar en la rutina diaria, pero mi muerte convirtió ese miércoles del ultimo mes del año en una fecha extraordinaria, digna de recordar, al menos eso creía yo, para todos, con el tiempo comprobé lo fácil que se le olvido a todo el mundo.

Esa mañana de Diciembre habría sido normal sino hubiera sido por ese dolorcillo del pecho que había vuelto con algo mas de intensidad que en las ultimas veces, son gases, escuche por enésima vez de boca del medico del consultorio, mientras con rapidez estampaba su firma en una receta con la que daba por terminado el tiempo que me dedicaba en su apretada agenda, repleta ésta de pacientes resignados que aguardaban para explicarle sus dolencias, casi todas ellas propias de la estación; resfriados y dolores de huesos esperaban las correspondientes recetas de analgésicos y antitérmicos, que apresuradamente extendía en sus horas de consulta el galeno.

De pronto, todavía no se como, estaba en el ancho vestíbulo repleto de salitas del tanatorio, cada una con su numero fijado en un lado de la puerta.

Caminando despacio y con disimulo, miré a unos desconocidos que charlando en un animado grupito, contaban anécdotas de alguien, que supuse, seria el protagonista de ese evento funerario.

Me paré cerca de la entrada intentando hacer recapitulación de la situación para entenderla, no veía a nadie conocido al que comentar esta transitoria perdida de memoria que me hacia olvidar a quién había venido yo a dar un ultimo adiós, hasta que….. de pronto, me sorprendí bastante al ver llegar a mi amigo Salustiano con cara de circunstancias y sobre todo, que a unos metros de mí no alzara los brazos como yo esperaba, para darme un abrazo tal y como el acostumbraba siempre al verme, máxime que desde casi un año antes no nos habíamos visto, pues había fijado temporalmente su residencia cerca de Zaragoza, donde vivía su hija pequeña casada con un militar destinado en la academia que hay allí.

Casi le grite con voz ronca, ¡¡Tano!! –¿que haces aquí?–, ¿es que no vas a saludar a tu camarada, viejo bribón?, pero el siguió andando como si nada.

Si me vio, disimuló, porque siguió su camino en dirección al fondo del pasillo, como digo sin pararse y ya con paso apresurado a la salita del fondo la que llevaba el nº 6 en la puerta.

Le seguí ya bastante intrigado por lo insólito de la situación, eche una ojeada al interior cuando llegué y mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que todos los que se apretujaban en la habitación eran gentes conocidas.

Amigos y gente de la familia con caras compungidas, se turnaban en besos y palabras de consuelo a mi esposa y mis hijos que los recibían con sollozos y cara de mal llevada resignación.

Desde luego para mí, fue extraordinario que nadie advirtiera mi presencia.

Decidido, crucé con paso firme hacia mi cónyuge y mis vástagos dispuesto a una explicación de lo que estaba pasando allí.

Al fondo, como era habitual en esos sitios, detrás de una cristalera que cubría la pared había una caja de madera con un cadáver rodeado de ramos y coronas de flores con las típicas inscripciones de estos casos.

Y fue entonces cuando me fijé en el cadáver, ¿como era posible?, ¡¡era yo!! , casi me caigo de espaldas de la sorpresa, me llegaron entonces claramente, las conversaciones que con voz queda llevaban los presentes.

¡Ha sido fulminante!,—decía uno de mis primos— ya sabemos todos en la familia la predisposición a padecer enfermedades cardiacas,…pero ya ves, con cincuenta años…era muy joven, ¡no hay derecho!—le espetaba la novia de mi hijo—a modo de respuesta.

Confundido intente balbucear unas palabras dirigiéndome a mi mujer, pero ella se giro sin mirarme siquiera, para atender a mi amigo Paulino que entraba dando voces de desesperación y gritando ¡¡¡amigo mío, amigo mío!!!.

¿Cómo ha sido posible esto?, ¿qué le ha pasado?, le preguntó Paulino a mi doliente compañera al tiempo que la abrazaba, estallando ésta en un llanto de desesperación.

¡Un infarto! —contestó con voz entrecortada—un infarto se lo ha llevado.

No entendía nada, fui corriendo hacia mis seres queridos gritándoles ¡¡que no!!, que yo estaba vivito y coleando,..no se quien habrá en la caja,—dije alterado—, si, desde luego es alguien que se parece a mí, pero no soy yo, yo no he sufrido ningún infarto, ni he muerto, ¿estáis todos locos?,…..en ese momento, de casualidad, miré hacia el espejo que había detrás de ellos, me desplomé entonces, ¡¡no se reflejaba mi figura en él!!…….

Parecía que no estaba allí, comprobé que nadie me oía, nadie me veía, intente sujetar el hombro de quien tenia delante y me di cuenta que no agarraba nada.

EL CRISOL DE LA CORDURA -9No sabía que saber que hacer; estuve durante todo el tiempo del duelo, casi dos días, sin salir de la estancia.Verdaderamente fue una suerte que no necesitara ni comer ni ninguna otra de las prosaicas necesidades humanas.

Finalmente, acompañé el recorrido de la caja del cadáver, —¡¡mi cadáver!! —hasta la puerta del horno crematorio.

Me dispuse a volver con mi familia hasta mi hogar, no sé aún como, pero llegué antes que ellos y todavía sigo aquí.

Segundo trazo:

Mi vida de muerto

Ha pasado ya algún tiempo, creo, —la verdad es que realmente no sé cuanto, porque he perdido la noción de este, —y he comprobado lo que os decía antes, lo pronto que olvida la gente.

Mi esposa al principio recibió muchas llamadas, pero con el tiempo la pobre cada vez está más sola, hasta mis hijos han dejado de acompañarla como en los primeros días.

Siempre fuimos ahorradores, pero como los gastos del hogar son muchos, lo poco que teníamos guardado se fue acabando, nadie acudió en su ayuda, pues la gente suele desconocer el desamparo que tienen las viudas; ella por su parte disimulaba las estrecheces para que no sufrieran nuestros hijos y sobre todo por dignidad.

Nuestros amigos y conocidos hace tiempo que no visitan a mi esposa, nadie llama y la soledad se le hace eterna. Yo por mi parte solo puedo estar ahí, le hablo intentando consolarla cuando le caen las lágrimas al repasar las antiguas fotografías de los tiempos felices, pero desgraciadamente ahora ya sé que no puede escucharme por mas que hable; en mis momentos de desesperación hasta he llegado a desear que muera ella para así poder juntarnos los dos para siempre, pero no, no quiero que muera, en realidad esta situación es horrible.

Es en estos momentos, cuando me arrepiento de no haber conversado más con ella, de no haberla acariciado y estrechado entre mis brazos con la pasión de los primeros tiempos y me lamento ahora, de haber dejado caer en la rutina  a nuestro matrimonio en los últimos años.

Solo mi querido amigo Paulino vuelve a verla invariablemente a las cinco de la tarde de los miércoles y durante un buen rato cuenta anécdotas que nos sucedieron, e incluso algún secretillo que solo él sabía, consiguiendo arrancar de sus labios una sonrisa.

Solo ella, Paulino y mi viejo gato parecen echarme de menos.

Trazo final:

La enseñanza

Hoy todo ha cambiado.

Esta mañana de pronto he sentido un fuerte dolor y un calambre espantoso, he perdido el conocimiento enseguida.

Cuando he despertado y mientras intentaba abrir los ojos oía una voz fuerte que con alegría no disimulada gritaba: ¡¡¡vuelve en sí!!!, lo hemos recuperado—le explicaba a alguien—que tenia las manos apoyadas sobre mi pecho.

Al intentar levantarme, he visto a quien hablaba, un señor que no conocía con una bata verde y un fonendo colgado y al ver las luces naranjas de la gran furgoneta de detrás de él, he comprendido que era el servicio de urgencias medicas que me estaba atendiendo.

Al preguntar que me había pasado, me ha contado que algún transeúnte había llamado a Emergencias al verme caer desplomado y que gracias a eso y por unos minutos he salvado la vida.

Solo ha pasado una hora y cuando al llegar al hospital he visto a mis hijos y mi mujer a los que les han avisado y que ya me estaban esperando he comprendido que todo el suceso tan extraordinario de mi muerte había sido un sueño. Un sueño que me pareció durar muchos años y han pasado solo unos minutos.

¡¡Estoy vivo y bien vivo!!

 

No se cuanta vida me queda, ni falta que me hace, yo ya he aprendido una lección y tengo muy claro que a partir de ahora, voy a valorar mas cada minuto de los que esté vivo, no me interesan otras vidas para después de muerto, pues el comprobar lo que me quieren o no después, no tiene importancia, es aquí y ahora cuando veo necesario querer y que te quieran y una vez muerto, la cebada al rabo—como decía mi madre—que era muy sabia.

 

Texto: ©  aruasjf

Fotografía:

Archivos propios de © fotografías modificadas por el autor de esta pagina.

Esta obra se distribuye con una licencia de Creative Commons.

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2 comentarios

Archivado bajo Diversas, Sociedad

2 Respuestas a “Crónica a mano alzada de mi muerte

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  2. varleo

    Muy interesante el artículo. Mi primo tiene dolor de huesos por este motivo sú médico le recetó Hydrocodone. Leí en Findrxonline que estos medicamentos tienen efectos secundarios.

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