Arkady Averchenko y la defensa de un abogado

Arkadi Timofeevich Averchenko, nació un mes de marzo de 1881 en Sebastopool, una ciudad portuaria de Ucrania, emplazada en la península de Crimea frente al mar Negro.Arkady Averchenko ¿Pero quien fue  Arkady Averchenko?.

Para quien no lo conozca aclararé, que era un célebre escritor ruso, satírico y humorista. Escritor con una gran variedad de historias de humor, se hizo muy popular en Rusia y en casi toda Europa. Trabajó como jefe de redacción y editor, de revistas de tipo satírico, genero muy popular entonces. De niño tuvo un accidente en el que se daño un ojo. Solo pudo graduarse de secundaria, pues a causa de su mala visión no pudo continuar, pero su falta de educación se compenso con su intelecto. Con solo quince años empezó a trabajar en una compañía de transporte, al año siguiente cambió de trabajo y se colocó en una célebre compañía minera. Empezó en esa época, a escribir historias cortas. En los primeros años del siglo, en un periódico, aparece su primer cuento. Poco después edita una revista, de la que es apartado por los mismos accionistas. Eso le lanza a marcharse a San Petersburgo donde se convierte en editor de la más importante revista satírica de la ciudad a la que rebautiza como “Satyricon”. Es en ella donde aparecen su más brillantes historias. Sus obras se representan entonces en teatros y se hacen muy populares. Viaja por toda Europa y de sus viajes, extrae abundante material que le sirve para publicar uno de sus mas celebres libros. Escribe muchas veces bajo seudónimo, también críticas y obras de teatro. Sus posturas de disidencia con el régimen soviético, le hacen abandonar el país. Sofía, Belgrado, Praga son entonces sus ciudades de adopción, entre las que viaja sin cesar, hasta que finalmente fija su residencia en Praga, ciudad esta, en la que después de una operación en la que se le extirpa el ojo, cae gravemente enfermo y es en el hospital de la ciudad de Praga donde se le diagnostica, “debilitamiento del músculo cardíaco, expansión de la aorta y esclerosis renal”, causas que lamentablemente le producen la muerte, en la mañana de otro mes de Marzo, en 1925.

Y allí están sus restos enterrados, en el cementerio de Praga.Arkady Averchenko está enterrado en Praga

Cristina, mi querida ahijada, ha iniciado sus estudios de Derecho, (¡como pasa el tiempo!, parece que fue ayer mismo cuando la mecía en mis brazos, acunándola y hoy es toda una universitaria), conversando con ella me acordé de este relato sobre un abogado y que tanto me gustó hace años, por eso lo traigo aquí,  para que lo disfrute el lector.

UN ABOGADO

Arkady Averchenko

I

Puede usted felicitarme-me dijo un joven conocido mío, la redonda faz iluminada por una sonrisa de dicha-.

Acabo de recibir el título de abogado.

-¿De veras?

-¡Palabra de honor!

Se puso serio.

-¿No se trata de una broma? -le pregunté.

Su seriedad subió de punto.

-Amigo mío-contestó en tono doctoral-: los hombres que, como yo, constituyen la guardia de honor de la Ley no bromean. Balanza de la justiciaLos defensores de los oprimidos, los adalides de las grandes tradiciones jurídicas, los sacerdotes del templo de la justicia, no tienen derecho a bromear…

Y luego de mirarme unos instantes en silencio, sin duda para ver el efecto que sus graves palabras me habían producido, añadió:

-¿Necesita usted los servicios de un abogado?

Yo me di una palmada en la frente.

-¿No he de necesitarlos? Nosotros, los directores de periódicos, somos, a menudo, objeto de persecuciones… La semana que viene se me juzgará, con motivo de una noticia sobre la barbarie de un oficial de Policía.

–¿Qué ha hecho ese oficial?

–Le ha pegado una paliza a un judío.

-No lo comprendo: si quien le ha pegado la paliza al judío ha sido el oficial, ¿por qué van a juzgarle a usted?

-Porque está prohibido publicar noticias de esa índole, que, a lo que parece, menoscaban el prestigio de las autoridades. Sin duda, la paliza ha sido confidencial, no destinada, en modo alguno, a la publicidad.

-Bueno. Me encargo de ese asunto, aunque es difícil, muy difícil.

-Lo celebro tanto. Usted me dirá qué honorarios…

-Los que cobran todos los abogados.

—Le agradecería que fuera un poco más explícito.

—¡EI diez por ciento, hombre!

-¿De modo que si me condenan a tres meses de cárcel, usted estará en chirona nueve días en lugar mío?.. Estoy dispuesto a cederle a usted el cincuenta por ciento.

El novel jurisconsulto repuso, un si es no es desconcertado:

-¿Pero no reclamará usted una indemnización pecuniaria?

-¿A quién? ¿Al tribunal? ¿Al oficial de Policía’? ¿Al judío, que, dejándose pegar, ha sido, en cierto modo, la causa de mi procesamiento?

El joven abogado acabó de desconcertarse.

-¿Quién me pagará entonces? Como usted comprenderá, no voy a trabajar de balde. El titulo me ha costado un ojo de la cara.

-Como se trata de un proceso político…

-En los procesos políticos, ¿no cobra el abogado defensor?

-Si es un abogado que se respeta, no.

-¿Ah, sí? Pues nada, no cobraré ni un copeck!

¡Haré ese sacrificio en aras de la libertad!

-¡Gracias! ¡Venga esa mano!Estrechando la mano

II

El joven me expuso su sistema de defensa.

-Usted declarará-me dijo–que no ha publicado tal noticia.

-¡Cómo! ¡Si el número en que la noticia ha sido publicada obrará en poder de los jueces!

-¿Ah, sí? ¡Qué imprudencia ha cometido usted!…

Entonces, lo mejor será que declare que el periódico no es suyo.

-¡Pero si figura mi nombre bajo el título y a la derecha de la palabra «director»!

–Usted declara que no lo sabía.

-¡No, no puede ser! Nadie ignora en Petersburgo que el director del periódico soy yo.

-Pero el tribunal no va a llamar a declarar a Petersburgo entero… Además, puede usted decir que la noticia ha sido publicada en su ausencia de usted.

-Sería una mentira que no me serviría de nada: como director del periódico, soy responsable de cuanto se publica en él.

-¿Ah sí?.. ¡Caramba, caramba!… ¿Y por qué ha publicado usted esa estúpida noticia?

-jHombre!…

-¿Qué necesidad tenía usted de inmiscuirse en un asunto puramente privado entre un policía y un judío? ¡Ustedes los periodistas se meten en todo!

Yo bajé los ojos confuso, arrepentido de mi ligereza.

Al ver pintado el remordimiento en mi rostro, el joven se apresuro a cambiar de tono.

–En fin, no soy yo el llamado a acusarle; de eso encargarán los jueces. Yo soy su defensor. Y saldrá usted absuelto ¿qué duda cabe?

III

Cuando entramos en la sala del tribunal, mi defensor se puso tan pálido, que me creí en el caso de decirle al oído, sosteniéndole, temeroso de un desvanecimiento:

-¡Valor, amigo mío!

-jEs asombroso!- murmuró, tratando de disimular su turbación -La sala está casi vacía. Y se trata de un sensacional proceso político.

En efecto; solo ocupaban los bancos del público dos colegiales, que, sin duda, habían leído en la Prensa la noticia de mi proceso y acudían a verme condenar. Acaso estuvieran resueltos a ejecutar algún acto heroico para salvarme. ¿Quién sabe? Su aire era en extremo decidido y se leía en sus ojos un odio feroz a nuestro régimen político y un amor sin límites a la libertad. Tal vez su propósito fuera sacarme a viva fuerza de la sala, si el veredicto era condenatorio, y huir conmigo a las praderas mejicanas, destinadas por ellos a ser teatro de terribles hazañas mías.

Oí, sin atender apenas, la lectura del acta de acusación. Atraía casi por entero mi atención mi pobre abogado, cuyo aspecto, en aquel momento, era muy parecido al del protagonista de la obra de Víctor Hugo  El último día de un condenado a muerte.Un juicio

-¡Valor!-le repetí.

.-EI señor defensor tiene la palabra-dijo con acento solemne el presidente, terminada la lectura del acta.

Mi abogado, como si aquello no le interesara poco ni mucho, continuó hojeando sus papeles.

-El señor defensor tiene la palabra.

-¡Empiece usted su discurso!-susurré yo, dándole al joven un puñetazo en la cadera.

-¿Qué?.. ¡Ah, sí! ¡En seguida!-contestó.

Y se levantó. Se tambaleaba. Este muchacho, pensé, va a caérseme encima.

-Ruego a los señores jueces-balbuceó-que aplacen la vista del proceso.

-¿Para qué?-preguntó asombrado el presidente.

-Para citar testigos.

-¿Con qué objeto?

-Con el de probar que cuando se publicó la noticia de autos el condenado…

–El acusado-rectificó el presidente-. No se le ha condenado aún.

-Ha sido un lapsus, señor presidente. Con el de demostrar que cuando se publicó la noticia de autos el condenado, digo el acusado, estaba fuera.

-Es lo mismo. Como director es responsable de cuanto se publica en el periódico.

-¡Ah, sí, se me había olvidado! No obstante….

Mi mano se agarró, nerviosa, al faldón de la levita del letrado y tiró con violencia.

-¡No insista usted!

El letrado se volvió hacia mí. Su palidez iba en aumento. Sus manos se apoyaban trémulas, en la mesa.

-¿Que no insista? Bueno… Señores jueces, señores jurados…

Nuevo tirón.

–Jurados, no. ¡Aquí no hay jurados!

-No importa… Señores jurados, si los hubiera, que debía haberlos aquí, en representación de la opinión pública…

Campanillazo presidenc1al.

-Ruego al señor defensor que se abstenga de toda manifestación política.

–Bueno, bueno, señor presidente… El calor de la improvisación…

Larga pausa. El orador ya no estaba pálido; estaba lívido. De pronto, con la brusca resolución de un jugador desesperado que se juega a una carta todo el dinero que le queda, gritó:

-Señores jueces: tengo el honor de declarar que en el supuesto delito de mi defendido han concurrido circunstancias excepcionales.Gritaba sus motivos

Expectación. « ¿Qué excepcionales circunstancias serán esas?», pensé.

-Expóngalas su señoría.

-¡En seguida, señor presidente!

IV

-Señores jueces: mi defendido es inocente. Es un hombre-le conozco a fondo-incapaz de delinquir.El juicio

Su moral es elevadísima.

El joven letrado se bebió de un trago un vaso de agua.

-¡Palabra de honor, señores jueces! Mi defendido, testigo presencial de la paliza policíaca…

-¿Yo?-protesté en voz baja-. ¡No siga por ese camino!

-¿No? Bueno… testigo presencial de la paliza policíaca no diré yo que fuese; pero…, señores jueces, la vida de nuestros periodistas es un verdadero calvario de privaciones y miserias. Pesan sobre ellos multas, confiscaciones, denuncias… Y, con harta frecuencia, carecen, ¡ah, señores!, hasta de un pedazo de pan que llevarse a la boca. Hallándose mi defendido, periodista entusiasta, periodista de los que ponen toda su actividad en el ejercicio de su profesión; hallándose mi defendido, señores, en una situación económica desesperada, se presenta en su casa un judío, le cuenta que un oficial de Policía acaba de pegarle, y le ofrece cierta cantidad de dinero por publicar la noticia en su periódico. La tentación, señores jueces, era demasiado fuerte, y mi defendido…

-¡Señor letrado!-interrumpió, lleno de asombro, el presidente.

-¡Déjeme su señoría continuar! -gritó mi defensor en un verdadero paroxismo de audacia-. Mi defendido escribió la noticia para ganarse el pan. ¿Es eso un delito? ¡Yo os declaro, con la mano sobre el corazón, que no lo es! Turgueniev, Tolstoy, Dostoyevsky, escriben también para ganarse el pan, y no se les procesa. La justicia, señores jueces, debe ser igual para todos. Yo exijo que Tolstoy, Turgueniev, Dostoyevsky sean traídos a la presencia de este tribunal y juzgados con mi defendido.

Tosió, se bebió otro vaso de agua y, llevándose la mano al lado izquierdo del pecho, prosiguió:

-Señores jueces: os juro que mi defendido tiene la conciencia tan limpia como la nieve que blanquea en las altas cimas de los Alpes. Es, sencillamente, una víctima de la carestía de la vida, de la miseria, del hambre. Mi defendido, señores jueces, es, además, una de las grandes esperanzas de nuestras letras, y si le condenáis… Pero no, no lo condenaréis; no os atreveréis a condenarle… jCuarenta siglos os contemplan!

-El acusado tiene la palabra-dijo el presidente, en cuya faz grave y canosa se dibujó una leve y discreta sonrisa.

Yo me levanté y pronuncié el siguiente discurso:

-Señores jueces: permitidme algunas palabras en defensa de mi abogado. Es un joven que acaba de recibir su título. ¿Qué sabe de la vida? ¿Qué le han enseñado en la Universidad? Fuera de unas cuantas artimañas jurídicas y cuatro o cinco frases célebres, lo ignora todo. Con este bagaje científico, que cabe en una punta de pañuelo, empieza hoy a vivir. ¡No le juzguéis severamente, señores jueces! Apiadaos del pobre mozo y no consideréis un crimen lo que no es sino ignorancia y candidez. Además de jueces, sois cristianos. Yo invoco vuestros sentimientos cristianos y os ruego que le perdonéis. Tiene aún toda una vida por delante, y se corregirá con el tiempo. Estoy seguro, señores jueces, de que, obedeciendo a los impulsos de vuestros nobles corazones, absolveréis a mi abogado, en nombre de la verdadera justicia, en nombre del verdadero derecho.

Mi discurso impresionó mucho a los jueces. Mi abogado se llevó el pañuelo a los ojos.La justicia

* * *

Cuando los jueces acabaron de deliberar y ocuparon de nuevo sus asientos, el presidente declaró:

-El acusado ha sido absuelto.

Poco amigo de ambigüedades, yo me apresuré a preguntar:

-¿Qué acusado?

-Los dos. Usted y su defensor.

Mi defensor fué felicitadísimo. Los dos colegiales parecían un poco desconcertados; sin duda hubieran preferido que yo fuera víctima de las injusticias sociales.

Mi abogado y yo salimos juntos de la Audiencia y nos dirigimos a Telégrafos, donde mi abogado puso un telegrama que decía así:

«Querida mamá: Acabo de darme a conocer como abogado, defendiendo procesado político. He sido absuelto. –Nicolás. »

Hay poco en español de prolija obra de Arkady Averchenko, aunque en ruso se puede encontrar mucho de su obra, (yo he leído varios de sus relatos ayudado por el traductor de Google y aunque ya sabe de las limitaciones de estos servicios de traducción, con algunos he disfrutado bastante).

Enlaces a algunos relatos:

Esta obra se distribuye con una licencia de Creative Commons.

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3 comentarios

Archivado bajo Cultura, Letras, Sociedad y politica

3 Respuestas a “Arkady Averchenko y la defensa de un abogado

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  2. En este día de la patrona de Madrid que es fiesta local creo que voy a pasar un buen ratito leyendo estas historias tan originales que nos indicas. Y aprovecho tambien para enviarte un cariñoso saludo.
    María

  3. una vez mas tengo que recurrir al castillano para incontrar informaciones sobre este escritor. En francia en cualqier parte no se trata de este escritor. Una laguna… una de mas.

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